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Un peso en la espalda

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Dos monjes partieron de un convento a otro que se encontraba en una lejana cordillera montañosa. La travesía a pie les llevaría varios días. A medio camino se llegaron a un río cuyo viejo puente peatonal se había podrido y caído meses atrás, por lo que los habitantes del lugar debían atravesarlo metiéndose en sus aguas. En la orilla se encontraba una joven mujer que lloraba desconsoladamente. Cuando los monjes se acercaron ella les dijo sollozando:

- Mi madre está muy enferma y tengo que ir a su encuentro, pero había llovido mucho y el río está muy crecido. Traté de cruzar, pero la corriente es muy fuerte y no se nadar. ¿Qué va a ser de mi madre?

- No se preocupe –dijo el más sabio de los monjes – yo la ayudaré. Súbase a mi espalda y agárrese duro.

El monje más joven no daba crédito a sus ojos, por sus votos ellos tenían prohibido tocar siquiera a una mujer y ahora veía a su compañero romper flagrantemente una de las reglas más sagradas. Cuando iba a decir algo, la mirada del otro monje le hizo saber que era mejor callar. Con mucho esfuerzo llegaron a la otra orilla, la mujer se bajó mostrándose eternamente agradecida y los dos monjes siguieron su camino. Mientras el monje sabio hablaba, cantaba, oraba y disfrutaba con emoción de toda la travesía, el monje más joven permaneció serio, en completo silencio, absorto en sus pensamientos. Dos días más tarde, cuando estaban a punto de llegar a su destino, el monje más joven finalmente habló:

- Tú fuiste mi maestro, me enseñaste muchas cosas, estuviste a mi lado cuando juré mis votos y me prometiste ayudarme a cumplirlos. Pero hace dos días no solo tocaste a una mujer, sino que hasta la cargaste en tus hombros por un buen trecho. ¿Qué vas a decirle al Abad cuando lleguemos?, ¿cómo nos afectará este hecho?, ¿seremos sancionados?

- Si, ciertamente la cargué ya que ella realmente necesitaba que la ayudaran – replicó el sabio con mucha dulzura en su voz –, sin embargo hace dos días que la dejé atrás y no hago otra cosa sino disfrutar de toda la maravillosa naturaleza que Dios ha creado para nosotros. De ese hecho ya ni me acuerdo, en cambio tú, mi joven amigo, ni siquiera llegaste a rozarla y todavía la cargas sobre tus hombros.

Cuántas veces no cargamos sobre nuestros hombros culpas y problemas del pasado que lo único que nos ofrecen son fuertes cargas emocionales que se convierten en un lastre para nuestro presente y nuestro futuro.

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