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Las horas de Brian.

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Brian era un hombre muy exitoso y su vida era envidiada por muchos. Desde hacía varios años se perfilaba como uno de los mejores consultores financieros de la ciudad. Su agenda estaba constantemente ocupada y sus clientes debían esperar semanas y en ocasiones hasta meses para ser atendidos. Ganaba mucho dinero, era accionista de un importante club de la alta sociedad, tenía un bote en la marina y había comprado una casa grande y lujosa en la que vivía junto con su hermosa esposa y sus dos hijos de 10 y 12 años. A sus seres queridos no les faltaba nada, bastaba con que le pidieran algo y de inmediato eran complacidos. Todo parecía perfecto, sin embargo no le alcanzaba el tiempo. Como la clientela había crecido tanto, la apretada agenda se había convertido en el centro de su vida, teniendo que sacrificar hasta el poco tiempo libre que tenía para atender los asuntos laborales. Llegó a estar tan copado que llegaba muy tarde a casa y salía de madrugada, y casi todos los fines de semana tenía que asistir a diversos compromisos sociales que no eran otra cosa sino seguir trabajando en la informalidad de unos bermudas en la barra de algún prestigioso restaurante de la ciudad. Era poco el tiempo que le quedaba para compartir con los chicos y la relación con su esposa estaba peligrosamente estancada. Tanto ella como los niños le pedía que pasara más tiempo con ellos, pero siempre surgía algún compromiso ineludible y al partir él les decía que no se preocuparan, que la semana siguiente tendrá tiempo para ellos.

Una tarde, Brian levanta el teléfono y le pide a su secretaria que haga pasar a su próximo cliente. Dos minutos más tarde se abre la puerta de la oficina y entra su esposa diciendo

- Hola cariño, ¿cómo estás?

- Hola mi amor, ¿qué haces aquí? - Contestó Brian con cierta sorpresa en su rostro.

- Vine a hablar contigo - respondió la mujer con mucha dulzura

- ¿Ahora? - dijo bruscamente - No creo, es decir no puedo. Tres nuevos cliente han reservado mi tiempo esta tarde y creo que no tienes idea de lo que cobro por una tarde de consultoría.

Sin darle tiempo a que su esposa responda, Brian se puso de pie y con grandes zancadas salió de la oficina hacia la recepción. Al llegar encontró a sus dos hijos sentados con sus cabezas hundidas en sendas revistas y balanceando las piernas inquietamente. Detrás de él llegó su esposa sin perder la calma.

- ¿Qué está pasando aquí? - preguntó extrañado a su secretaria - ¿Dónde están mis clientes?

- Estos dos niños y la señora que acaba de pasar son los nuevos clientes que reservaron toda la tarde - dijo la secretaria sin comprender lo que pasaba.

Los niños levantaron la vista, esbozaron una gran sonrisa y se pararon velozmente

- ¡Hola papi! - dijo el primero

- ¡Hoy vamos a ser tus clientes! - dijo el más pequeño mostrándole una alcancía repleta de monedas y billetes.

Sin comprender, Brian dirigió entonces la mirada a su esposa en busca de respuestas.

- Fue idea de los niños - dijo la mujer con dulzura y emoción - Siempre me preguntan ¿por qué papá no nos acompaña? Y siempre les contesto lo mismo que tu les dices: que tu tiempo vale oro y que ahora no puedes porqué estás con un cliente que te pagará mucho. Un día me preguntaron cuanto ganabas por hora y cuando se los dije me propusieron un plan. Hace meses que están ahorrando su mesada con la idea de pagarte un par de horas de consultoría para que estés con ellos y les dediques algo de tiempo. Las otras horas que falta hasta que llegue la noche las pagaré yo, porqué también las necesito.

¿Cuántas veces dejamos de dedicarles tiempo a nuestros seres queridos?. Es cierto que hay que trabajar para vivir, pero con frecuencia no sabemos poner límites. Trabajamos horas extras, salimos a compartir con los compañeros para liberar el estrés, vamos de compras, a ver un partido, a tomar un trago, al gimnasio y/o a la peluquería. Cuando llegamos temprano a casa nos ocupamos de las cosas del hogar o si estamos cansados nos sentamos frente a la televisión, la computadora y jugamos con el celular en lugar que compartir tiempo con nuestros hijos y nuestra pareja. Estamos todos viviendo bajo el mismo techo, pero compartimos como si fuéramos extraños. Olvidamos que una de las experiencias más hermosas que nos da la vida es disfrutarnos mutuamente como familia.

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